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Don Quijote de la Mancha


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Alonso Quijano, viejo hidalgo de La Mancha, apasionado lector de libros de caballería, contrae una "extraña locura" por los relatos fabulosos que en ellos se cuentan, y determina convertirse en caballero andante, tomando el nombre de don Quijote "para aumento de su honra y bien de su república". Para ello cumple, según su parecer, con todos los requisitos de la caballería andante: vela las armas, contrata como escudero a Sancho Panza y le promete, entre otras cosas, el gobierno de una ínsula, busca un nombre adecuado para su caballo, dándole el de Rocinante, y se pone al servicio de una dama, "porque el caballero andante sin amores es árbol sin hojas y sin frutos, y cuerpo sin alma", por lo que elige a una labradora lugareña, Aldonsa Lorenzo, a quien dará el nombre "músico, peregrino y significativo" de Dulcinea del Toboso. Contra la voluntad de su sobrina y su ama, con quienes vive; el cura y el barbero de la aldea, que tratan de disuadirlo, sale en busca de aventuras para "desfacer agravíos y enderezar entuertos".
Los sueños de este idealista se hacen realidad a través de tres salidas o viajes que realiza por tierras españolas. Sancho lo acompaña a partir de la segunda de ellas, y ambos viven distintas aventuras que los llevan a conocer infinidad de ambientes y tipos de individuos, tanto desde el punto de vista de su condición social, como humana: venteros, rameras, campesinos, criados, mercaderes, frailes, pastores, barberos, galeotes, ladrones, labriegos... Don Quijote casi siempre resulta maltrecho de sus aventuras. Así, por los campos de Montiel hace la primera salida que concluye con su regreso a La Mancha, molido a golpes por el mulero de una caravana de mercaderes toledanos (parte primera, cap. IV). La segunda, ya acompañado de Sancho, nos cuenta la famosa aventura de los molinos de viento (cap. VIII), lo acontecido con la pastora Marcela (caps. XII a XIV), sus aventuras en Sierra Morena (caps. XXIII a XXX), el cuento de "El curioso impertinente" (caps. XXXIII a XXXV), entre otras cosas. Esta salida culmina con el engaño urdido por el barbero y el cura, quienes, simulando un encantamiento, enjaulan al héroe y lo devuelven a su aldea, a la que llegan seis días después (cap. LII).
La tercera salida es rumbo al Toboso (parte segunda), donde suceden el encantamiento de Dulcinea (cap. X), la aventura con el caballero de los Espejos (caps. XII a XV) y con el caballero del Verde Gabán (cap. XVIII), así como también las bodas de Camacho y Basilio (caps. XIX y XXI), los famosos sucesos de la cueva de Montesinos (caps. XXII y XXIII), la extraña aventura de la dueña dolorida (caps. XXXVI a XLI), el pasaje de Sancho Panza en posesión de su ínsula y el comienzo de su gobierno (caes. XLII a XLVI). El final llega con la derrota definitiva de don Quijote en un duelo con el caballero de la Blanca Luna (caes. LXIV y LXV), luego del cual él y Sancho retornan al hogar.
Ya en la aldea, sintiéndose fracasado en su enfrentamiento con el mundo y con la vida, el hidalgo don Quijote, convertido de nuevo en el simple y cuerdo Alonso Quijano el Bueno, cae enfermo de melancolía y muere tranquilamente en su casa abominando los libros de caballería y preocupado por su testamento, mientras el fiel Sancho, lleno de ternura y adhesión hacia su amo —pues por ser partícipe del anterior idealismo de éste llega a identificarse con él— trata de suavizar la amargura de don Quijote con argumentos favorables a la vida pastoril que ambos últimamente habían acordado llevar (cap. LXXIV). Sin embargo, no puede revitalizar la fe perdida de su amo, con lo cual Sancho queda como heredero del quijotismo.
A pesar de la dificultad que entraña descubrir e interpretar la idea central que unifica esta compleja novela, el tema principal está dado por el choque entre realidad y fantasía, entre realismo e idealismo. Don Quijote es un alma juvenil y soñadora, tiene un corazón puro y generoso unido a un espíritu apasionado y entusiasta. Sus sueños lo enajenan y el enfrentamiento con la realidad es terrible, triste y grotesco, cómico y lastimoso, al mismo tiempo. La muerte de don Quijote, cuerdo y deprimido, parece hablarnos de su derrota final y, sobre todo, de la toma de conciencia de esa derrota, he ahí su mayor tragedia. Pero él abomina las fantasías y aventuras no porque renuncie a sus ilusiones, sino porque llega a comprender que equivocó el camino para lograrlas.
La injusticia, representada por los "agravios que desfacer, entuertos que enderezar, abusos que mejorar", no se combate con palabras altisonantes ni con actitudes fantasiosas. No fueron vencidos sus ideales sino los medios con que trató de imponerlos; por eso el abatimiento le domina. Llegó al hidalgo la hora de aceptar la realidad que nunca quiso comprender, y entonces muere de melancolía... y de cordura. Ha recobrado la razón, vuelve a ser Alonso Quijano el Bueno, pero ya no tiene las ilusiones por las cuales vivía y respiraba el caballero don Quijote. No le queda sino morir.